lunes, 14 de septiembre de 2009

LOS RIESGOS DE ESTAR VIVO

MARTÍN CAICOYA, MÉDICO

Decía Lavoisier, el químico francés que apoyó la revolución y sin embargo acabó en la guillotina, que nacer es incendiarse. Explicaba así cómo en cada una de nuestras células vivas se produce un incendio al quemar la glucosa, y otros sustratos, gracias al oxígeno que lleva la sangre desde los pulmones. Si no fuera porque hay mecanismos para controlar ese incendio, vivir sería imposible. Es sólo difícil. Porque a un mineral le basta con estar ahí, nosotros tenemos que buscar alimentos, y eso siempre es un riesgo. Incluso hoy día, que no hay que salir de caza.

Según la Agencia Europea del Medio Ambiente hay unas 100.000 sustancias químicas en uso; algunas son muy beneficiosas, otras son perjudiciales y de muchas no sabemos nada. Dentro de todas esas sustancias hay un grupo denominado compuestos tóxicos persistentes (CTP) y en particular los orgánicos (COP) que pueden ser inquietantes.

En los COP, además del carbono que es el que los hace orgánicos, hay átomos de halógenos, de ahí que se llamen halogenados: organoclorados, por ejemplo. Esos átomos tiene para ellos la ventaja de darles estabilidad y para nosotros la desgracia de que los hace persistentes, poco solubles en agua y muy solubles en grasas. Aman las grasas. Que se acumulen en el tejido graso preocupa porque hoy sabemos que allí hay más actividad de la que creíamos y estas sustancias pueden interferir con ella. Pero que elijan el cerebro como uno de sus lugares preferidos nos inquieta mucho más. Y es que los sesos, como saben los que gustan la casquería, son tejidos muy grasos.

Tenemos que comer y no precisamente piedras. Los seres vivos que nos alimentan se nutren de las sustancias que hay en la tierra. Allí también están esos COP que nosotros producimos. Da igual dónde, son muy volátiles. Viajan con las corrientes de aire, o con los flujos del mar. En la recóndita pradera, lejos del mundanal ruido, una nube precipita su carga de COP que la hierba tenaz absorbe para entregarse en un sacrificio incruento a las fauces de la vaca: empieza el ciclo de biomagnificación bucólica. La hierba concentra lo que hay en la tierra, la vaca lo que hay en la hierba y nosotros lo que hay en la vaca. Está claro, cuanto más graso sea el alimento, más probabilidades de que tenga COP. Incluido el pescado.

Los pescados grasos son muy alabados desde que se descubrió que podían ser beneficiosos para el aparato circulatorio. Son las gasas que llamamos omega 3, que se venden incluso en pastillas, o se añaden a ciertos alimentos como la leche. El problema es que hay estudios que demuestran que algunos de esos pescados, de algunas zonas, pueden estar cargados de COP. Durante muchos años la industria vertió sus residuos a ríos, que van a parar al mar, o a los grandes lagos. El pescado de esa región es poco recomendable.

Hay sustancias sobre las que no hay dudas respecto a su potencial nocividad de algunos como el DDT, los PCB o las dioxinas. Los PCB se han usado mucho como fluido aislante en equipos eléctricos. Las dioxinas son subproductos de la combustión de residuos, incluida la quema doméstica de madera, y también se forman en ciertos procesos de fabricación como cemento o blanqueo de papel.

Hace muchos años que animales y plantas estamos absorbiendo y acumulando sustancias químicas que pueden ser perjudiciales. Sus efectos, hasta la fecha, no tiene la repercusión de otras exposiciones, como puede ser el tabaco. Pero la teoría es que actúan lenta y gradualmente, quizá en generaciones, y que la exposición es difícil de controlar porque está ahí, en la tierra, en los acuíferos, en todo. Algunos atribuyen a estas sustancias enfermedades de perfil difuso y fisiología incomprensible como la fibromialgia, la fatiga crónica o la sensibilidad a múltiples sustancias químicas. También sostienen que son responsables, en parte, de la diabetes, del Parkinson y de algunos tumores como los del sistema nervioso central. Faltan pruebas contundentes pero la sospecha está suficientemente justificada.

Creo que fue Goethe, con sus singulares ideas sobre la evolución, el primero que pensó en la tierra como un ser vivo. Hay pruebas de que como sistema se autorregula, hasta cierto punto: tiene mecanismos de retroalimentación que sirven para mantener algunas características constantes. Pero sus tiempos de reacción, geológicos, se escapan, en muchos casos, a la minúscula vida del ser humano, quizá incluso a la de la especie.

No sé cuánto lograremos modificar esa pequeña capa de la tierra sobre la que tenemos capacidad de actuar, para bien y para mal. A las generaciones futuras les dejamos grandes cosas. No cabe duda. Y grandes problemas derivados precisamente de esos avances.

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